Vivimos rodeados de estímulos y con la sensación de que siempre hay algo pendiente. Saltamos de una tarea a otra, respondemos mensajes mientras caminamos y llenamos cualquier pausa casi sin darnos cuenta.
Después, cuando intentamos descansar y resulta que nuestra mente no siempre sabe cómo hacerlo.
Xarles González lleva más de una década acompañando a personas que quieren reducir el estrés, comprender mejor lo que les ocurre y recuperar una relación más consciente consigo mismas. Su experiencia con el mindfulness, la meditación y el autoconocimiento le ha llevado a observar algo que conecta directamente con una de las ideas en torno a las que gira mi contenido:
qué ocurre cuando vivimos durante demasiado tiempo sin dejar espacio para escucharnos.
En esta conversación hablamos de aceleración, estrés, piloto automático y de esa dificultad cada vez más habitual para encontrar un espacio mental desde el que observar antes de reaccionar.
CONTENIDO
Quién es Xarles González
Xarles González es conferenciante, coach y formador. Desde hace más de una década acompaña a personas y organizaciones en procesos relacionados con la gestión emocional, el estrés, el autoconocimiento y la comunicación.
Su recorrido combina herramientas como el coaching, la inteligencia emocional, la programación neurolingüística y el mindfulness con una formación vinculada a la filosofía y la práctica budista, en la que profundizó durante varios años. También ha desarrollado su trabajo como formador y ponente, incluyendo participaciones en TEDx.
Su manera de entender el acompañamiento ha ido cambiando con el tiempo: de trabajar principalmente sobre motivación, liderazgo y consecución de objetivos, a poner el foco en el paso previo, la capacidad de escucharse y distinguir lo que realmente queremos de aquello que hacemos porque creemos que deberíamos querer.
Esa mirada conecta directamente con Voz y Emociones: reducir el ruido no para acumular más respuestas, sino para recuperar espacio suficiente para reconocer las propias.
«El mundo está acelerando tanto tu mente que ya no puedes escucharte. Este espacio existe para ayudarte a volver a ti.»
Xarles González
Entrevista a Xarles González. La conversación.
De la búsqueda personal a una nueva forma de acompañar
Llevas más de diez años acompañando a personas en procesos de cambio. ¿Qué experiencia o aprendizaje personal hizo que decidieras dedicarte a acompañarlas?
Creo que fue mi propia experiencia personal la que me llevó a dedicarme a esto. La vida me puso delante cambios que muchas veces yo no había elegido, pero hubo uno que marcó especialmente un antes y un después:
decidir dejar un negocio que funcionaba bien, pero que a mí no me estaba llenando.
Por fuera, parecía que las cosas iban como se suponía que tenían que ir. Tenía un negocio que funcionaba, ganaba dinero, podía viajar y disfrutar de determinadas cosas. Pero mi cuerpo estaba diciendo otra cosa. Vivía con un nivel de estrés que terminó afectando a mi salud y, aunque durante un tiempo intenté seguir adelante, llegó un momento en el que tuve que preguntarme qué estaba haciendo y, sobre todo, para quién estaba construyendo esa vida.
Ahí empecé a escuchar de verdad lo que mi cuerpo llevaba tiempo intentando decirme. Me di cuenta de que había estado persiguiendo una idea de éxito que, en realidad, no había cuestionado nunca. Era lo que se supone que uno debe querer: tener éxito, ganar dinero, viajar, disfrutar… Pero cuando empecé a mirar hacia dentro descubrí que conseguir todo eso no garantizaba sentirme realizado.
Ese proceso me llevó a hacerme preguntas sobre el sentido de la vida. Fue entonces cuando conocí un centro budista en Asturias, en el que me formé durante varios años en la filosofía del yoga, la metafísica, la neurociencia y la meditación. Y más tarde empecé a complementar ese aprendizaje con otras disciplinas, como el coaching, la inteligencia emocional o la PNL. Más que encontrar una respuesta concreta, encontré una forma completamente distinta de entender la vida y de entenderme a mí mismo.
Y ahí apareció algo que para mí fue determinante: comprender que muchas veces el sufrimiento no viene únicamente de lo que nos ocurre, sino de la distancia que existe entre la vida que estamos viviendo y la vida que, en el fondo, sabemos que queremos vivir.
Mi propio proceso me llevó a querer compartir ese descubrimiento con otras personas que estaban atravesando esa misma sensación de desconexión y necesitaban empezar a escucharse.
Eres formador en Liderazgo Transformacional, coach ejecutivo y personal, has dado conferencias de motivación y fundaste el Instituto del Optimismo. ¿Qué hizo que enfocaras tu trabajo hacia recuperar claridad mental, reducir el ruido interno y volver a escucharse? ¿Qué diferencia hay entre esa mirada y la que tenías años atrás?
Creo que mi trabajo ha ido cambiando a medida que yo también he ido cambiando. Durante muchos años estuve muy enfocado en la motivación, el liderazgo, el coaching y en ayudar a las personas a conseguir resultados. Y todo eso sigue teniendo valor, pero con el tiempo me di cuenta de que muchas veces estábamos intentando solucionar el problema en la parte más visible.
Una persona puede estar muy motivada, tener objetivos claros y conseguir muchas cosas y, aun así, sentirse completamente perdida por dentro. Puede aprender a gestionar mejor su tiempo, ser más productiva o tomar mejores decisiones, pero si no sabe realmente qué está buscando o desde dónde está tomando esas decisiones, puede acabar construyendo una vida que no siente como propia.
Eso es algo que yo mismo experimenté. Durante una etapa de mi vida conseguía cosas que, en teoría, eran deseables, pero había una parte de mí que no estaba siendo escuchada. Y cuando empecé a prestar atención a ese ruido interno, a mis emociones, a mi cuerpo y a las ideas que había dado por ciertas durante años, empecé a entender que necesitaba ir mucho más profundo.
Por eso hoy me interesa tanto trabajar con la claridad mental. No entendida como tener la cabeza llena de respuestas, sino como quitar parte del ruido que nos impide escuchar lo que ya está ahí. Muchas veces no necesitamos que alguien nos diga qué tenemos que hacer. Necesitamos poder escucharnos sin que el miedo, las expectativas ajenas, la necesidad de agradar o esa idea de lo que deberíamos estar haciendo decidan por nosotros.
La diferencia con mi mirada de hace años está precisamente ahí. Antes ponía más énfasis en cómo conseguir aquello que queríamos. Hoy me interesa mucho más preguntarme si aquello que queremos merece realmente la pena para nosotros.
Pasé de acompañar a las personas principalmente a conseguir sus objetivos y desarrollar una actitud optimista ante la vida, a acompañarlas a comprender mejor desde dónde están viviendo. Porque cuando cambia eso, también cambia la manera en la que decides, trabajas, te relacionas y entiendes tu propia existencia.
Cuando el problema no es la falta de tiempo
Vivimos en una sociedad acelerada. Muchas personas dicen que están cansadas porque tienen demasiadas cosas que hacer, que “no les da la vida”. ¿Cuál crees que es la principal confusión cuando hablamos de descanso o falta de tiempo?
Creo que una de las principales confusiones es pensar que descansar consiste simplemente en dejar de hacer cosas. Puedes estar un domingo entero en el sofá y seguir completamente agotado por dentro.
Hay un cansancio que no viene de la cantidad de cosas que haces, sino de la cantidad de cosas que llevas dentro mientras las haces. Pensamientos pendientes, decisiones que estás posponiendo, preocupaciones, exigencias, expectativas… Todo eso consume mucha energía aunque aparentemente no estés haciendo nada.
También creo que hemos normalizado demasiado la frase “no me da la vida”. Muchas veces la utilizamos como si el problema fuera exclusivamente la falta de tiempo, cuando en realidad puede haber algo más incómodo detrás:
quizá estamos intentando meter en nuestra vida demasiadas cosas que creemos que deberíamos hacer, aunque algunas ya no tengan sentido para nosotros.
Por eso, cuando alguien me dice que no tiene tiempo, me interesa saber qué está ocupando ese tiempo y, sobre todo, qué lugar ocupa esa persona dentro de su propia vida. Porque puedes tener una agenda llena y estar viviendo de una manera muy coherente contigo, o tener mucho tiempo disponible y sentir que no puedes parar porque tu cabeza sigue funcionando a toda velocidad.
Para mí, descansar de verdad también tiene que ver con dejar de estar permanentemente en modo respuesta. Responder mensajes, cumplir expectativas, resolver problemas, producir, anticipar lo que viene… Hay personas que llegan a sus vacaciones sin saber ya ni cómo estar consigo mismas.
A veces no necesitamos encontrar más tiempo. Necesitamos dejar de llenar todo el tiempo que tenemos.
Cuando una persona llega sintiendo que lleva demasiado tiempo pendiente de todo y de todos, pero apenas sabe qué necesita ella misma, ¿qué suele haber realmente detrás de esa desconexión?
Muchas veces detrás hay una persona que ha aprendido a estar muy pendiente de lo que necesitan los demás, pero no ha aprendido a preguntarse qué necesita ella.
Puede haber empezado de una manera muy inocente: intentar agradar, evitar conflictos, cumplir con lo que se esperaba de ella, hacerse responsable de todo… El problema aparece cuando eso se convierte en una forma de vivir. Poco a poco empiezas a tomar decisiones pensando antes en cómo van a afectar a los demás que en lo que realmente quieres tú.
Y llega un momento en el que alguien te pregunta “¿y tú qué necesitas?” y no sabes qué responder…
No porque no tengas necesidades, sino porque llevas tanto tiempo funcionando hacia fuera que has perdido la costumbre de escucharlas. Incluso puede resultar incómodo hacerlo, porque cuando empiezas a escucharte quizá aparecen decisiones que llevas tiempo evitando o cosas que ya no quieres seguir sosteniendo. Y afrontar eso no es nada fácil.
Por eso, cuando trabajo con personas que están en esa situación y ya empieza a ser insostenible, no intento simplemente enseñarles a organizarse mejor o sacar más tiempo para sí mismas. Primero trato de recuperar ese diálogo interno que hasta ahora ha ido en automático:
distinguir qué quiero, qué siento, qué necesito y qué estoy haciendo simplemente porque creo que debería hacerlo.
Y para mí hay una pregunta que suele ser bastante reveladora: “Si durante un momento no tuvieras que responder ante nadie, ¿qué harías con tu vida?”.
Vivir en piloto automático
Cuando vivimos durante mucho tiempo en un estado de aceleración y apenas dejamos espacios sin estímulos, ¿cómo se manifiesta ese ruido mental? ¿Qué señales pueden indicar que estamos funcionando en piloto automático en lugar de detenernos a elegir conscientemente?
El ruido mental no siempre se manifiesta como tener miles de pensamientos al mismo tiempo. A veces se nota precisamente en nuestra incapacidad para estar sin hacer nada.
Cogemos el móvil en cuanto tenemos 5 minutos libres, ponemos un podcast mientras caminamos, necesitamos tener algo de fondo mientras hacemos cualquier tarea o sentimos la necesidad de estar constantemente ocupados. Incluso, cuando paramos y nos sentamos a ver la tele o el teléfono, parece que estamos descansando, pero en realidad seguimos llenando nuestra atención de estímulos.
Cuando esto se mantiene durante mucho tiempo, podemos empezar a perder algo muy importante: la capacidad de escucharnos. Tenemos tantas cosas entrando constantemente que apenas queda espacio para percibir qué está pasando dentro.
Y ahí aparece el piloto automático. Hacemos cosas porque siempre las hemos hecho, aceptamos planes porque toca, respondemos mensajes sin preguntarnos siquiera si queremos hacerlo, seguimos persiguiendo objetivos que quizá ya no nos importan. Incluso podemos tomar decisiones importantes sin haber tenido un momento de verdadera pausa para preguntarnos qué queremos.
Una señal que me parece especialmente clara es sentir incomodidad cuando no hay nada que hacer. Si tienes un rato libre y lo primero que aparece es la necesidad de coger el móvil, entretenerte o buscar cualquier estímulo, quizá no sea aburrimiento. Puede ser que simplemente hayas perdido el hábito de estar contigo.
También hay otra señal bastante evidente: terminar el día y tener la sensación de haber estado haciendo cosas constantemente, pero no saber muy bien para qué. Has tenido mucha actividad, pero poca presencia.
Para mí, recuperar claridad no consiste en conseguir que la mente deje de pensar. Eso no sería realista. Consiste en recuperar la capacidad de observar lo que ocurre dentro sin tener que reaccionar inmediatamente a cada pensamiento, emoción o estímulo.
Después de tantos años acompañando procesos de cambio, ¿qué idea sobre el desarrollo personal has tenido que cuestionar o desaprender?
Probablemente una de las cosas que más he tenido que cuestionar es la idea de que siempre tenemos que estar trabajando en nosotros mismos para convertirnos en una versión mejor de quienes somos.
Durante mucho tiempo yo también entendí el desarrollo personal desde ahí: aprender más, mejorar, superar límites, cambiar hábitos, conseguir objetivos… Y todo eso puede ser útil, pero llevado al extremo puede convertirse en otra forma de exigencia.
He visto personas que están tan pendientes de mejorar que no se permiten simplemente estar como están. Si están tristes, quieren dejar de estar tristes. Si tienen miedo, quieren eliminar el miedo. Si no consiguen algo, sienten que tienen que trabajar más en sí mismas.
Hasta el propio desarrollo personal puede convertirse en una manera sofisticada de decirte que todavía no eres suficiente.
También he tenido que desaprender la idea de que todo lo que nos ocurre tiene que servir para algo inmediatamente. Hay experiencias que duelen, que nos descolocan y que durante un tiempo simplemente duelen. No siempre necesitamos encontrar una enseñanza, una explicación o una versión mejor de nosotros mismos detrás de ellas.
Hoy veo el desarrollo personal de una manera bastante diferente. Para mí tiene más que ver con conocernos y comprendernos que con estar permanentemente modificándonos. A veces crecer no significa añadir nada, sino quitar capas: expectativas, personajes, creencias o formas de comportarnos que hemos construido para encajar y que ya no necesitamos.
Por eso ha cambiado también mi forma de acompañar a las personas. Ahora me interesa mucho más ayudarles a descubrir quién son cuando dejan de intentar responder constantemente a lo que los demás esperan de ellos.
Porque quizá el objetivo no sea convertirte en alguien extraordinario. Quizá sea poder vivir siendo tú sin tener que estar constantemente intentando demostrar que eres otra cosa.
A lo largo de estos años, ¿qué te han enseñado quienes has acompañado sobre ti mismo? ¿Recuerdas alguna situación concreta que te haya hecho replantearte algo?
Hay algo que, si no miras para otro lado, estás obligado a ver cuando te dedicas a esto. Y es que acompañar a otros te obliga a enfrentarte a tus propios puntos ciegos.
Una de las cosas que más me han enseñado las personas a las que he acompañado es a respetar mucho más los tiempos de cada proceso.
Al principio, y precisamente porque quería ayudar, cometía un error bastante humano: veía en una persona algo que podía cambiar y trataba de empujarla hacia allí. Quería que avanzara, que entendiera determinadas cosas, que saliera de ciertos bloqueos…
Pero con el tiempo me di cuenta de que a veces estaba intentando llevar a alguien a un lugar para el que todavía no estaba preparado. Y tenía que respetar eso.
A mí me había llevado años hacer muchos de mis propios cambios y atravesar determinadas etapas. No podía pretender que una persona con unas cuantas sesiones conmigo, yo le entregase una especie de manual con los trucos para entender la vida. Eso no funciona así.
Hoy entiendo mi papel de otra manera. Puedo acompañar, hacer preguntas, aportar herramientas, señalar algo que quizá la persona no está viendo… pero el proceso tiene que ser suyo. Por eso mis acompañamientos son ahora más espaciados en el tiempo, dejando mucho más lugar para la reflexión, para el silencio y para que cada persona pueda llegar a sus propias conclusiones sin sentir que tiene que llegar a ellas porque yo, que ya he pasado por ahí, se las estoy marcando.
Y luego hay otro gran aprendizaje, más profundo, que me llevo. Y es que cuando escuchas a muchas personas durante años, empiezas a darte cuenta de que, debajo de nuestras historias particulares, nos parecemos muchísimo más de lo que creemos.
Cambian las circunstancias, el trabajo, las relaciones o los problemas concretos, pero aparecen una y otra vez los mismos miedos, las mismas inseguridades, la necesidad de sentirnos queridos, el miedo a equivocarnos, a no ser suficientes o a perder aquello que creemos necesitar.
Eso también me ha quitado cualquier sensación de estar por encima de las personas a las que acompaño. Yo no estoy fuera de la experiencia humana observándola desde arriba. Estoy dentro de ella exactamente igual que ellos.
Y creo que esa conciencia es fundamental para acompañar a alguien: recordar que no estás ahí para decirle cómo vivir, sino para ayudarle a verse con un poco más de claridad mientras aprende a hacerlo por sí mismo.
Comprender no siempre significa cambiar
En tu experiencia, ¿qué diferencia hay entre alguien que comprende que necesita cambiar y quien realmente empieza a relacionarse de otra manera consigo mismo y con su vida?
Creo que hay una diferencia enorme entre entender algo y haberlo integrado de verdad.
Una persona puede saber perfectamente que necesita cambiar. Puede identificar sus patrones, entender de dónde vienen, leer libros, escuchar podcasts o ver vídeos y tener conversaciones muy profundas sobre sí misma. Pero todo eso puede quedarse en el plano mental.
El cambio real empieza cuando esa comprensión empieza a aparecer en la vida cotidiana. Cuando ocurre algo que antes te habría hecho reaccionar de una determinada manera y, aunque sigas sintiendo lo mismo por dentro, empiezas a responder de otra forma.
Para mí, ahí está una de las claves: no se trata de dejar de sentir miedo, inseguridad, rabia o tristeza. Se trata de que esas emociones dejen de decidir automáticamente por ti.
También cambia la relación con uno mismo. Ya no necesitas estar constantemente corrigiéndote, juzgándote o intentando convertirte en alguien diferente. Empiezas a observarte con más honestidad y puedes reconocer “esto es lo que me está pasando” sin tener que justificarlo ni esconderlo.
Y eso termina afectando a decisiones muy concretas. Quizá empiezas a decir que no donde antes decías que sí por miedo. Dejas una relación que sabes que ya no quieres sostener. Te permites cambiar de dirección aunque los demás no lo entiendan. O simplemente dejas de correr detrás de algo que durante años creías que necesitabas.
Creo que la señal más clara de que alguien está cambiando es que ya no necesita convencer a nadie, ni siquiera a sí mismo, de que ha cambiado. Se empieza a notar en cómo vive.
Si tuvieras que resumir en una sola idea qué necesita comprender alguien que lleva demasiado tiempo intentando mejorar pero que siente que vuelve una y otra vez a los mismos patrones y que tiene la sensación de que nunca es suficiente, ¿cuál sería?
Que quizá no necesita mejorar más. Necesita dejar de vivir sintiendo que tiene que mejorar para poder estar bien.
Hay personas que llevan años trabajando en sí mismas y, sin embargo, siguen sintiendo que nunca llegan. Cambian hábitos, hacen cursos, leen libros, meditan, van a terapia, buscan herramientas… y cuando vuelven a encontrarse con el mismo miedo o con el mismo patrón, piensan que han vuelto al punto de partida.
Pero quizá no sea así.
Hay patrones que no desaparecen porque los entendamos una vez. Hay partes de nosotros que necesitan ser observadas muchas veces, desde lugares diferentes, hasta que aprendemos a relacionarnos con ellas de otra manera.
El problema aparece cuando convertimos el desarrollo personal en otra forma de exigencia. “Tengo que sanar esto”, “tengo que superar aquello”, “debería estar mejor a estas alturas”. Y sin darnos cuenta, estamos utilizando el mismo mecanismo que probablemente nos ha hecho sentir insuficientes durante buena parte de nuestra vida: pensar que solo podremos estar bien cuando consigamos ser otra persona.
Para mí, quizá la comprensión más importante sea esta: no tienes que convertirte en una versión perfecta de ti para poder vivir en paz contigo.
Puedes seguir teniendo miedo. Puedes volver a caer en un patrón. Puedes tener días en los que no tengas claridad. Eso no significa que no hayas avanzado.
A veces el verdadero cambio no consiste en que deje de aparecer aquello que nos hacía sufrir, sino en que dejamos de tratarnos como si hubiera algo defectuoso en nosotros cada vez que aparece.
Y desde ahí cambia todo. Ya no trabajas en ti porque crees que no eres suficiente. Empiezas a conocerte porque quieres comprenderte mejor.
Esa diferencia, aunque pueda parecer pequeña, cambia completamente la relación que tienes contigo mismo.
Un espacio para escucharte
Para alguien que siente que vive constantemente acelerado y quiere empezar a recuperar un poco de espacio para escucharse, ¿qué pequeño hábito o práctica recomendarías poner en marcha esta misma semana?
Pues mira, le recomendaría algo muy sencillo: empezar a dejar pequeños espacios del día sin ningún estímulo.
No hace falta empezar meditando media hora, levantándose a las cinco de la mañana o cambiando toda la rutina. De hecho, creo que convertir esto en otra obligación sería volver a caer en lo mismo.
Puede ser simplemente caminar diez o quince minutos sin móvil, sin audios, sin música. O sentarse un rato al llegar a casa sin encender automáticamente la televisión ni ponerse a mirar el teléfono. Lo importante es que durante ese tiempo no intentemos llenar el espacio.
Y al principio puede resultar incómodo. Aparecerán pensamientos, preocupaciones, cosas pendientes… incluso puede aparecer aburrimiento. No hace falta solucionar nada. Simplemente observar qué aparece cuando dejamos de distraernos.
Yo añadiría una pregunta muy sencilla: “¿Cómo estoy realmente?”.
No “¿qué tengo que hacer?”, ni “¿qué debería estar haciendo?”. Simplemente, “¿cómo estoy?”.
Y esperar unos minutos antes de buscar una respuesta.
Porque muchas veces sabemos perfectamente lo que tenemos que hacer, pero llevamos tanto tiempo funcionando desde la inercia que hemos dejado de preguntarnos cómo estamos viviendo lo que hacemos.
Si alguien empieza esta semana haciendo eso unos minutos cada día, ya está creando algo que hoy escasea muchísimo:
un espacio en el que no tiene que responder a nada ni a nadie. Sólo sentirse, escucharse.
Y quizá lo más interesante no sea lo que descubra durante esos diez minutos. Será empezar a darse cuenta de cuánto necesita volver a tenerlos.
Xarles González nos ha regalado una mirada muy generosa sobre la prisa, el desarrollo personal y el cambio: no siempre necesitamos hacer más, mejorar más o convertirnos en otra persona. A veces necesitamos detener la inercia, distinguir entre lo que realmente queremos y aquello que hacemos porque no nos hemos parado a cuestionarlo honestamente y lo damos por hecho.
Ahí es donde comienza esa forma diferente de avanzar: con menos ruido, más presencia y una relación menos exigente con nosotros mismos que busca la mejora continua.
Puedes conocer más sobre el trabajo y seguir a Xarles en su canal de youtube: Xarles González
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Si este tema te ha resultado interesante, esta conversación forma parte de la serie de entrevistas de Voz y Emociones, junto a otras voces que, desde distintos ámbitos y perspectivas, exploran una misma cuestión: cómo eliminar el ruido para recuperar espacio mental, criterio y claridad, y vivir de una manera más consciente.