Hay una pregunta infalible para arruinar tu oportunidad de querer comunicar algo en público.
«¿Qué estarán pensando de mí?»
Basta con que aparezca durante un segundo en tu cabeza, y ya la hemos liado.
De repente, dejas de estar presente y pasas de intentar comunicar una idea a convertirte en el un juez implacable de ti mismo.
Sudor frío, corazón a mil, garganta seca, temblores y cerebro en modo “no responde”.
Todo el pack. Incluso antes de abrir la boca.
Lo llamamos miedo a hablar en público, pero en realidad no esa una causa, es una consecuencia de poner la atención en el lugar equivocado:
en tí.
Y desde ahí es muy difícil conectar con nadie.
No significa que debamos dejar de observarnos o crear un personaje que no somos. Pero si no damos espacio a lo que realmente queremos comunicar y a quien, tampoco lo habrá para expresar algo con verdadera intención.
Y no hace falta llenar teatros.
Esto aplica a cualquier otro ámbito de la vida: tener una conversación difícil, proponer una idea, defender un punto de vista, publicar algo en redes o poner límites. Vamos, un día cualquiera.
La postura, los gestos y la voz importan. Pero hay un paso anterior:
silenciar al público ruidoso de la mente.
¿Qué conversación tienes contigo mismo justo antes de hablar?