Construir una opinión propia nunca ha consistido en pensar aislados del mundo. Siempre hemos aprendido escuchando a otras personas, leyendo, conversando y cambiando de idea. Lo que ha cambiado no es eso.
Lo que ha cambiado es la cantidad de voces con las que convivimos antes de que una idea tenga tiempo de madurar.
Vivimos en una época en la que nunca había sido tan fácil acceder a las ideas de los demás. En unos minutos podemos leer a especialistas, escuchar un pódcast, ver una entrevista o conocer la opinión de miles de personas sobre prácticamente cualquier asunto.
A primera vista, podría parecer que cuanto más aprendemos y más perspectivas conocemos, más fácil debería resultar construir un criterio propio. Sin embargo, la realidad es otra. Cada vez, saber qué pensamos cuesta más, porque resulta difícil convertir toda esa información en una posición propia.
Nos hemos acostumbrado a pasar de una explicación a otra con mucha facilidad. Escuchamos argumentos sólidos, los entendemos y seguimos adelante. Pero comprender una idea no significa haberla madurado.
Por eso, desarrollar criterio propio no consiste en dejar de escuchar a los demás, sino en recuperar el espacio necesario para que una idea deje de ser simplemente información y empiece a convertirse en comprensión.
CONTENIDO
Tener información no es lo mismo que tener criterio
Con frecuencia interpretamos que una persona con criterio es alguien que sabe mucho o que tiene una opinión sobre cualquier tema.
Sin embargo, saber mucho y tener criterio no son necesariamente la misma cosa.
Para nada.
El conocimiento nos permite ampliar la mirada, pero el criterio nos ayuda a decidir qué hacemos con ese conocimiento. El criterio es la capacidad de relacionar la información, contrastarla con la realidad, reconocer sus límites y llegar a una conclusión que no depende únicamente de la última opinión que hemos escuchado.
He comprobado personalmente la facilidad para encontrar respuestas y la dificultad para decidir cuál de todas merece realmente formar parte de mi forma de entender el mundo.
Y esa diferencia cambió por completo mi forma de entender el parendizaje y diferenciar el conocimiento de la elaboración personal.
El criterio se construye elaborando, no acumulando
En Voz y emociones hay una idea que atraviesa cada entrada del blog, cada entrevista o cada post en redes. No siempre es protagonista, pero siempre está implícita:
recibir información no es lo mismo que integrarla.
Una idea no se convierte en pensamiento propio en el momento en que la escuchamos y suena bien. Necesita pasar por un proceso de contraste, de preguntas y de relación con nuestra propia experiencia. Solo entonces deja de ser una explicación para convertirse en una forma de entender la realidad.
Desde la psicología cognitiva sabemos que comprender una idea requiere algo más que exponer el cerebro a ella. Necesitamos relacionarla con conocimientos previos, cuestionarla, compararla con la experiencia y dejar tiempo para que se consolide. Sin ese proceso, la información pasa por nosotros, pero rara vez transforma nuestra manera de pensar.
Es como comer deprisa sin dar tiempo a hacer la digestión. Podemos ingerir mucho, pero eso no significa que estemos aprovechando ni asimilando lo que hemos tomado.
No construimos criterio por la cantidad de ideas que consumimos, sino por la calidad del proceso con el que la elaboramos.
Pensar también necesita tiempo
Vivimos a un ritmo que invita a reaccionar antes que a comprender. Las redes sociales premian la respuesta inmediata, la actualidad cambia a gran velocidad, la tecnología avanza a un nivel inalcanzable y parece que siempre hay una opinión nueva esperando nuestra atención.
En ese contexto es casi imposible no tener la sensación de quedarse atrás.
Pero muchas de las mejores decisiones no nacen de responder rápido, sino de concederse el tiempo suficiente para observar un problema desde distintos ángulos.
Daniel Kahneman (Pensar Rápido, Pensar Despacio, 2011) explicó que nuestro cerebro dispone de formas de pensamiento rápidas e intuitivas y otras más lentas y deliberadas. Ambas son necesarias.
Pero cuando dejamos que casi todas nuestras opiniones se formen desde la respuesta automática buscamos atajos mentales que nos hacen creer que controlamos lo que hacemos, confiamos demasiado en lo que creemos saber y juzgamos mal el riesgo lo que puede llevar a que nos equivoquemos fácilmente.
Desarrollar criterio propio implica aceptar ese ritmo más lento. No porque pensar despacio garantice tener razón, sino porque aumenta las posibilidades de distinguir entre una idea que simplemente nos ha convencido y una idea que realmente hemos comprendido frenando los errores del piloto automático.
Las opiniones pueden cambiar en cuestión de minutos. El criterio necesita algo distinto:
tiempo suficiente para que una idea deje de ser ajena y empiece a formar parte de una forma propia de comprender la realidad.
También te puede interesar:
Por qué cada vez cuesta más desarrollar un criterio propio