Ayer salí a pasear. Para despejar la mente y eso.
Sin música, sin podcasts.
Solo conmigo.
Fui a una pequeña playa cerca de casa que hacía tiempo no pisaba.
A las 7 de la tarde solía estar casi vacía, tranquila. Incluso en verano.
Pero ya no.
Según me acercaba, el barullo crecía.
Por el paseo, scooters y patinetes eléctricos circulaban a sus anchas, mientras los empleados de los locales te llamaban para invitarte a pasar, beber, comer o comprar.
Mientras tanto, el mundial de fútbol retumbaba en todas las pantallas.
Me acerqué a la orilla sorteando decenas de toallas de colores, chanclas abandonadas, ruinas de castillos de arena, flotadores de flamenco rosa, vendedores ambulantes y altavoces temblando con reguetón.
Se respiraba una mezcla de sal, fritanga, crema solar y una hierba que no crece en la arena.
Y mientras esquivaba algún pelotazo y varias guerras de agua, en el mar corrían las bananas acuáticas y las motos. Al fondo, un barco pirata lleno de ingleses borrachos completaba la escena.
Me sentí como Cocodrilo Dundee en la ciudad.
Ojo, que no digo que esté mal que la gente se divierta y levante la economía local.
Pero, vamos que mi paseo de calma se convirtió en un Dónde está Wally versión playa.
¿Tienes la imagen?
Pues así es por dentro una mente sobreestimulada.
Sin espacio para procesar.
El cerebro no descansa entre estímulo y estímulo; solo encadena impactos.
Al menos el paseo me sirvió para hacer esta sencilla reflexión.
Y nada, eso te quería contar.
Y que me vino a la cabeza que tengo el cuaderno de vaciado mental preparado.
Se lee en unos minutos y deja algunas preguntas para ordenar un poco el ruido.
¿Cómo se siente tu saturación mental?