Hace unos días salí a pasear por la playa a última hora de la tarde,
Mientras caminaba por la orilla, una familia llegaba con un niño en su carrito. En cuanto la madre intentó bajarlo, rompió a llorar.
Pegaba unos chillidos que, con la resonancia de los riscos, podían superar a Tarzán llamando a todos los animales de la selva africana.
Si tienes hijos pequeños, sabes de qué hablo.
Si los tienen tus vecinos… también.
La madre, en un intento de calmarlo, recurrió a un truco que, estoy segura, no era la primera vez que utilizaba.
«¡Mira… un elefante!»
El peque levantó la vista, buscó al animal, y casi al instante, el llanto se calmó. Fuera hambre, sueño o pocas ganas de caminar… durante unos segundos dejó de ser lo importante.
No voy a entrar en si hacer creer a un niño que hay elefantes en las playas de Canarias es buena idea o no. Pero la escena explica mejor cómo funciona la atención que muchos libros.
Evidentemente no somos bebés. Pero nuestra atención sigue funcionando de una forma muy parecida y con los pensamientos en bucle ocurre algo parecido.
Aparece uno y empezamos a discutir con él.
Lo masticamos.
Lo rumiamos.
Lo alimentamos
Y hasta le hacemos protagonista de nuestra película.
Hay una técnica muy sencilla llamada palabra ancla.
Consiste en elegir una única palabra, neutra y breve. La que quieras. Cuando notes que tu cabeza empieza a acelerar, repítela mentalmente.
Freno.
Ahora.
Respira.
Elefante.
Repítela despacio y observa lo que ocurre.
No se trata de pensar en positivo ni de borrar el pensamiento, sino de darle a tu atención otro lugar donde posarse.
La palabra ocupa el espacio que, de otro modo, llenaría el diálogo interno. Y aunque el pensamiento siga ahí, deja de dirigir la conversación.
No siempre puedes ignorarlo, pero sí decidir si le ofreces un micrófono.
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