Te sientas con una intención muy simple.
Descansar un poco.
Mirar algo rápido.
Desconectar cinco minutos.
Y al principio eso parece.
Pero ese momento empieza a moverse solo.
Un vídeo lleva a otro.
Una búsqueda abre otra puerta.
Pasas más tiempo eligiendo que viendo…
Y cuando te das cuenta, han pasado veinte minutos.
O un hora.
O la tarde.
A veces parece descanso. Pero estamos ocupando la atención.
Y no es lo mismo.
No creo que el contenido sea siempre malo, o “incorrecto”.
El problema es que cada cosa reclama un pequeño trozo de nuestro espacio mental.
Un tutorial.
Una noticia.
Un video de gatos.
Nada parece muy importante por separado. Pero se acumulan.
Y la mente pasa de una cosa a otra sin cerrar. Sin terminar de procesar.
Y cuando por fin paras, aparece la sensación de haber estado ocupado, pero sin llegar ningún sitio.
Porque algunos estímulos dejan rastro más tarde.
Como cocinar brócoli. Aunque cierres la tapa, sabes que sigue ahí.
Es acumulación superficial. Y eso satura.
De hecho, creo que una mente llena acaba perdiendo tolerancia al vacío.
Necesita algo sonando.
Algo moviéndose.
Algo entrando.
Por eso, a veces, desconectar es justo lo contrario de lo que hacemos.
Necesitamos menos entrada, más espacio.
Más vacío.
No se trata de si consumes mucho contenido consumes para «desconectar».
La pregunta es:
¿Cuánto de lo que entra en tu mente necesita quedarse?